Tras el terremoto, el pastor Jhon y su iglesia llevan alimentos, esperanza y dignidad a los niños de Quibdó, junto con los voluntarios del centro Compassion.
Entre las ruinas de Quibdó, donde la pobreza es una antigua conocida de todos, el terremoto del 10 de agosto ha devastado una comunidad ya muy vulnerable.
Para los niños, la pobreza extrema ya formaba parte de su realidad cotidiana; hoy, se ha convertido en una lucha por la supervivencia.

Y, sin embargo, entre las viviendas destruidas, una fuerza diferente resiste silenciosamente gracias al pastor Jhon.
Al caminar entre los restos de su casa, se percibe el testimonio de una vida reducida a lo básico, a lo esencial.

Esta noche, como tantas otras desde que la tierra tembló, el pastor Jhon, su esposa y sus hijos dormirán sobre finos colchones desgastados. Lo han perdido casi todo, pero Jhon señala el camino donde decenas de niños están esperando.

«Una casa está hecha de ladrillos y se puede reconstruir», dice el pastor con voz firme, a pesar del cansancio. «Pero ¿y la esperanza? Si un niño pierde la esperanza, es algo que no puede simplemente volver a comprarse. Dios no nos ha abandonado, así que nosotros tampoco podemos abandonar a los niños».

En lugar de dejarse vencer por el dolor, Jhon ha transformado su iglesia en un lugar de acogida. Junto con los voluntarios de Compassion, organiza cada día una gran distribución de alimentos para toda la comunidad.
Para muchos niños y familias desplazadas de la zona, esta comida caliente es la única certeza en un mundo que se ha venido abajo.

«Después del terremoto estábamos asustados y desesperados», cuenta María, madre de tres hijos cuya vivienda resultó dañada. «Hoy he ido al comedor de la iglesia y estoy agradecida porque por fin hemos podido comer algo bueno».

El pastor Jhon no tiene una cama donde dormir y, aun así, se asegura de que los niños no se acuesten con hambre.

La iglesia de Quibdó no se rinde; es un testimonio visible de la fe en acción. Aquí, el Evangelio no solo se predica, sino que también se sirve en un cuenco de sopa ofrecido con amabilidad y amor.

«El terremoto fue muy fuerte, sin duda», reflexiona el pastor Jhon mientras observa a los niños y a las madres haciendo cola para recibir alimentos. «Pero ningún terremoto es más fuerte que un corazón movido por el amor, como demuestra esta distribución de alimentos».
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